Punto y Aparte | Cuando la Presidenta rompió el silencio.
La batalla que ya no se libra en las urnas, sino en la percepción pública
Ayer, durante la conmemoración de un nuevo aniversario del triunfo electoral que dio origen
al gobierno de la Cuarta Transformación, la Presidenta Claudia Sheinbaum decidió abordar
un tema que durante años ha acompañado la vida pública mexicana: la construcción de
narrativas que buscan asociar a Morena, sus dirigentes y sus simpatizantes con
expresiones de radicalismo, intolerancia o confrontación.
No fue un mensaje menor.
Y tampoco provino de una dirigente partidista o de una candidata en campaña. Fue la
Presidenta de México quien decidió colocar sobre la mesa una discusión que durante
mucho tiempo ha permanecido atrapada entre la polarización política y las redes sociales.
La pregunta de fondo es sencilla: ¿dónde termina la crítica legítima y dónde comienza la
estigmatización?
Porque en democracia la crítica es necesaria. Los gobiernos deben ser observados,
cuestionados y evaluados permanentemente. Sin embargo, una cosa es señalar errores y
otra muy distinta es construir prejuicios colectivos sobre millones de ciudadanos por su
identidad política.
Durante años se ha intentado presentar a los simpatizantes de la Cuarta Transformación
mediante etiquetas simplificadoras que poco ayudan a comprender la diversidad que existe
dentro de un movimiento político que reúne a ciudadanos de todos los sectores sociales.
Precisamente ahí radica la relevancia del mensaje presidencial.
Claudia Sheinbaum reivindicó los principios que han dado identidad al proyecto político que
representa: la dignidad humana, la justicia social, la inclusión, la igualdad y el combate a la
discriminación. Valores que contrastan con la narrativa que algunos sectores han intentado
construir alrededor del movimiento.
La discusión también alcanza a las redes sociales, donde gran parte de la conversación
pública se desarrolla hoy entre tendencias, algoritmos, campañas digitales y estrategias de
polarización que privilegian el conflicto sobre el diálogo.
En ese escenario, el mensaje presidencial adquiere una dimensión mayor. No se trata
únicamente de defender a una fuerza política, sino de cuestionar una práctica que se ha
vuelto frecuente en la vida pública: sustituir los argumentos por etiquetas y el debate por la
descalificación.
México necesita crítica. Necesita pluralidad. Necesita oposición. Pero también necesita una
conversación pública donde las diferencias no se conviertan automáticamente en odio y
donde el adversario político no sea reducido a una caricatura.
La Presidenta abrió una discusión que seguramente continuará en los próximos meses. Una
discusión sobre los límites de la confrontación política y sobre la responsabilidad que todos
tenemos en la construcción del debate democrático.
Porque cuando las etiquetas sustituyen a las ideas, nadie gana realmente.
Y esa, justamente, es la reflexión que hoy merece un necesario…
Punto y Aparte.











































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